Nubes, lluvia, paraguas y un Micromundo.



Amenazadoras nubes grises gobernaron el cielo, en cualquier momento, si en cualquier momento empezaría, ¿Cuándo? Sólo Dios sabía, pero ya faltaba poco, la humedad era cada vez más fuerte y el aire se enfriaba de a poco. Yo, como si hubiese sido a propósito, decidí empezar a trabajar ese mismo día, como un castigo o una bendición, decido hacer algo de mi vida y el clima se agrava, ¡qué oportuno!.
Como si fuese una tradición, costumbre o ley, siempre la primer semana de Septiembre vienen esos algodones pomposos a hacernos sombra y mojarnos, pero claro, yo no me acordaba de ésto, así que no tuve mejor idea que dar comienzo a mi vida laboriosa, al aire libre, cuando la señorita “Santa Rosa” daba su presente en la capital de Buenos Aires y en varias partes del país más.

Una vez cargada la bolsa de sobres y el recorrido pautado, empecé a caminar: el pie derecho delante del izquierdo y viceversa, tanatas veces como sea necesario. Todavía no había llegado, pero en el aire ya la sentía y por lo visto no era el único, estaban los afortunados precavidos que habían traído su escudo protector, quienes se habían disfrazado para darle batalla y quienes estaban a la deriva. Sea como sea, yo estaba indefenso ante una nueva amenaza climática. 

Timbre por timbre, los sobres disminuían en cantidad, pero la bolsa pesaba cada vez más y mi espalda cada vez se enemistaba más conmigo; de a poco, iba quedando cada vez más solo, mi pies ya habían formado una alianza, mis manos ocupadas poco podían hacer por mi, mis inseparables auriculares, cansados de reproducir siempre la misma lista de reproducción, intentaban suicidarse una y otra vez al arrojarse al vacío sin saber que tarde o temprano el cable les impediría seguir cayendo (gracias a Dios). 

Y el momento llegó, eran pequeñas estalactitas que suavemente se apoyaban en la superficie pero ella ya se hacía notar y como eso no detuvo a nadie, se engrosaron y dispuestas a empapar y arruinar todo lo que había decidieron caer todas las gotas juntas cual si fueran ladrillos de agua a la mínima temperatura, la hecatombe

¡Rápido!, todos abran sus escudos, refúgiense bajo las marquesinas, guarden todo, protéjanse de la lluvia que se viene arrasando con todo. Fue así que por un segundo, todo ese mundo que se movía por inercia se detuvo, agazapados algunos aventureros se daban a las corridas bajo la sábana de agua que cubría ese mundo apartado de todo llamado Microcentro.

Los minutos se disfrazaron de horas y la lluvia se proclamó reina del clima. Una vez que ya había dejado todo su repertorio de granadas acuáticas les dio una pausa a esas hormigas de Microcentro para que reanuden sus actividades. Parecía como si nada hubiese pasado, las personas continuaron su incolora vida caminando automáticamente por las veredas o peatonales que están entre Av. Córdoba y la Av. De Mayo, encerrados en sus mundos apartados, ajenos a lo que los rodea sólo pensando en llegar a destino y terminar con éste calvario: El trabajo
Nada más me quedó por hacer que retomar con esa abrumadora tarea de repartir sobres (Que vaya a saber Dios que tenían que tan importante los hacía). 

Ésta vez ya estaban todos preparados porque se avecinaba la revancha del clima, caminando con sus simpáticos paraguas la gente aumentó el acelerado ritmo al que están acostumbrados por el tiempo perdido. Y si no estaban listos, tenían a aquellos suministradores de anteojos los días de sol, sólo que, ésta vez, vendían escudos anti-agua para éstas ocasiones climáticas, los famosos Oportunistas y su infaltable viveza criolla que les daba el sano juicio de inflar tanto el precio como se les de la gana, como sea, yo los evitaba.

Casi sin preámbulo, ella quien se la daba por muerta, reapareció, repitiendo su rutina de siempre, garuando finito al principio y chaparrónal final. Una vez mas a refugiarse o a encontrar alguna forma segura de seguir sin estropear los sobres.

Ahora las cosas eran más divertidas o por lo menos para mí, charcos -que asimilados a lagunas- se me interponían en el camino y tenía que ingeniármelas para evadirlos, paraguas ajenos que intentaban despegar de sus dueños y se deformaban en el intento, algunos que se resbalaban por acá otros que se dedicaban a pisar las baldosas más flojas de todas para mojar a quien se atreva a acercarse por allá, esos momentos que segundos duraban, pero que tanta alegría me causaban en esa ya tarde gris de invierno.

Yo, ésta vez iluminado por Dios, tenía mi elegante paraguas quien había estado jugando de bastón rato antes, qué contento me sentía –Tomá lluvia, a mi otra vez no me mojás!-  Era lo que orgullosamente pensaba porque tenía mi lindo paragüitas, pero no me había percatado de algo, tener paraguas es casi tan peligroso como manejar un auto -y más en esas angostitas calles de Microcentro donde una única persona tiene problemas para caminar fluídamente- Cuando viene alguien, hay que levantar el paraguas para que sus afilados colmillos no le exploten ningún ojo, cuando viene un colectivo hay que correrse o andá a buscarlo a la parada. Pero ¿Qué pasa cuando dos personas tenemos paraguas y vamos en direcciones opuestas? ...¡CRASH! Fue mi gran pasatiempo para lo que me quedó de esa tarde, chocar con los paraguas de la gente y ver cómo algunos, vencidos por la lluvia, se reían conmigo y aliviaban su angustia, ¡Qué divertido!.

La verdad que las nubes no me dejaban darme cuenta qué hora era, pero ya serían como las 18 y tanto mi espalda como mis piernas pedían piedad y la verdad es que habíamos tenido un primer día de laburo muy duro, asique se los concedí a cambio de un último esfuerzo. Todos de acuerdo, incluso la lluvia quien ya estaba calmada por esas últimas cuadras que me quedaban. 
Sentía como que caminaba en lava descalzo, mis pies todavía no me lo perdonan, pero de a poco nos acercamos al objetivo final, allí estaba, parado junto a esa puerta, a medida que me acercaba sus rasgos eran cada vez más notables, él estaba bien vestido, pero no era él lo que me importaba sino lo que me daría. Finalmente llegué, estoy junto a él, me ofrece eso y le retruco “Dame tres, ¿Se vale?” ¡y se valía!
 
Ahora acá estoy, junto a mis 3 oblogos idénticas entre sí, dispuestas a ser leídas y entregadas una y otra vez hasta el cansancio. Hoy cuento la historia desde otro lugar, pero ese momento en el que Microcentro casi se detuvo por completo, no me lo borra nadie y esos choques de paraguas que tan divertidos se me hicieron me hacen pensar una sola cosa…¡Qué llueva otra vez! 

Irante.
Buddy Guy - I've got dreams to remember (Con John Mayer preferentemente) es la canción que les recomiendo hoy, quería algo más pesado, pero con esta van a andar bien. Un saludo y da gusto estar de regreso.

2 comentarios:

  1. Agrego ésta canción:
    http://www.youtube.com/watch?v=J6_JkZTWYSk&feature=related

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  2. jijiji maaaarx mi escritor preferido :D

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